La jeringa fue inventada en 1844 por el médico irlandés Francis Rynd. La primera jeringa consistía en un tubo de vidrio con una cánula en un extremo que se utilizaba para inyectar líquidos o extraer sangre de los pacientes. El principio detrás de la jeringa era simple: colocar el líquido a presión en el cuerpo. Rynd creó la primera jeringa usando materiales disponibles, como el vidrio y la goma, y señaló que podía usarse para inyectar medicamentos directamente en el torrente sanguíneo. Esto lo hace significativamente mejor que las antiguas técnicas de administración de medicamentos a través de la boca o la piel, que no se consideraban tan efectivas.


